sábado, 5 de junio de 2021

Entrevista a Paula Marín, psicóloga: "la sociedad prefiere pensar como mecanismo de defensa que las víctimas de abuso sexual infantil exageran, cuando la realidad es que hay muchas personas que han sido víctimas y ni siquiera lo saben."

"Debería darse muchísima más formación sobre abuso sexual en la infancia a todo el mundo que tenga un contacto directo con los niños, porque toda la sociedad somos los que tenemos que intervenir para proteger, y no podemos proteger si no sabemos cómo hacerlo."


"A los supervivientes les diría que hagan un viaje terapéutico acerca de su historia para poder entender, poder sanar y poder rescatar y salvar a ese niño o a esa niña que piensa que fue su culpa."


Ayer, 4 de junio de 2021, fue un gran día para los supervivientes de abuso sexual infantil, pues al fin entró en vigor la ley de protección a la infancia (llamada Ley Rhodes), la cual mejora la situación a nivel legal de las víctimas y supervivientes que sufran abusos de ahora en adelante, por lo que significa un nuevo granito de arena en la lucha por los derechos de la infancia. Para conmemorar esta fecha he querido publicar una entrevista que tuvo a bien concederme estos días una mujer muy inteligente y con grandes conocimientos sobre trauma, dado que es profesional de la salud mental y nunca ha dejado de formarse. Se trata de Paula Marín, psicóloga asturiana que tiene una página en Facebook a través de la cual comparte sus pensamientos vinculados con todo aquello que, desde su profesión y su condición de mujer con un profundo recorrido personal, ha ido observando a lo largo del tiempo. También cuenta con un canal de Youtube en el que comparte sus conocimientos. He de decir que desde que empecé a seguirla, hace ahora 4 años (recuerdo que fue en 2017 cuando la descubrí, año, por otro lado, muy importante para mí en mi propio proceso de sanación), y desde que abrí el blog en 2018 me rondaba por la mente la idea de hacerle una entrevistar. Al fin lo he llevado a cabo y he de decir que la experiencia ha sido de lo más gratificante y que Paula se ha mostrado muy atenta y amable. 

Sin más dilación os dejo con sus palabras, que sin dudo os aportarán un punto de vista distinto al mío -al menos desde otra vertiente- e interesantes momentos de reflexión. 

Gracias por todo, Paula.

1.       A pesar de que en el blog tengo mi propia definición de lo que son los abusos sexuales en la infancia (ASI), me gustaría pedirte que nos aportaras la tuya a mí y a los futuros lectores de esta entrevista.

El abuso sexual en la infancia o adolescencia es cualquier conducta sexualizada que vaya en contra de un menor, y que sea realizada por otra persona (que puede ser también menor o un adulto) que está en superioridad sobre la víctima, ya que el menor abusado se encuentra en un estado de vulnerabilidad. 

2.       Tú has tratado a varios supervivientes y víctimas de abuso sexual en la infancia, ¿podrías indicarnos cuáles son las secuelas más comunes de las que has sido testigo?

Las más comunes son por un lado el trastorno de estrés postraumático, y si los abusos son continuados y del entorno cercano -pues en la mayoría de casos, en el 80%, el abuso sexual es cometido por alguien cercano, y más del 50% de las veces el agresor es del entorno familiar-, da lugar al trastorno de estrés postraumático complejo, ¿qué conlleva esto? Pues una distorsión acerca de la identidad de uno mismo, de los demás y del mundo; pueden tener secuelas como la hipersexualización o un rechazo absoluto hacia el sexo, trastornos de personalidad, depresión, ansiedad, disociación (porque la mente del menor disocia el contenido traumático para poder sobrevivir), desconfianza, rechazo hacia los demás, baja autoestima, poca confianza y muy poca seguridad hacia uno mismo o una misma, estar en estado de alerta constante, adicciones, conductas autolíticas que pueden aparecer en la adolescencia, trastornos de la conducta alimentaria, y muchas veces todo esto puede llevar a la persona al suicidio. 

Hay que tener en cuenta que a menudo esto aparece después de años, porque cuando somos pequeños intentamos a través de mecanismos de defensa de manera automática que esa realidad no sea tan brutal, tan bestia; y también muchas veces no entendemos la gravedad. A medida que pasa el tiempo empezamos a entenderlo y comenzamos a ver más en nuestra sintomatología las secuelas que todo eso tiene. Otra de las cosas importantes es que muchas veces el contenido traumático se encuentra en amnesia, entonces igual cuando ya somos adultos o adultas de repente aparecen flashbacks de lo que nos ha pasado, y ahí, claro, es un impacto terrorífico para la persona, y sin ayuda profesional es muy difícil manejarlo de una manera adaptativa. 

3.       ¿Por qué consideras que en –más o menos- la última década y media hemos oído hablar más a menudo de ASI que antes, tanto por parte de supervivientes como en cine, TV, literatura…?

Creo que ahora se está hablando más del abuso sexual contra la infancia y la adolescencia porque tenemos internet, y por ahí han aparecido diferentes movimientos sociales en los que la gente está exteriorizando y contando lo que ha vivido. Esto hace que muchas otras personas supervivientes se animen también a decirlo, entonces claro, es una bestialidad, porque en datos es 1 de cada 4 niñas y 1 de cada 7 niños. Yo pienso que todavía nos queda muchísimo, pero muchísimo, y es algo que la sociedad no está preparada para entender, la sociedad piensa que es una salvajada y como mecanismo de defensa prefiere prensar que la gente exagera y que está contando una realidad que no es tal cual, cuando la realidad pura y dura es que hay muchas más personas que han sido víctimas de abuso sexual infantil y ni siquiera lo saben, ya sea porque estén en amnesia disociativa o ya sea porque lo hayan minimizado, en plan, yo qué sé: "mi tío me tocaba pero es que él era así", o "mi padre tenía ese juego conmigo, pero...", ese tipo de cosas. 

4.      ¿Cuáles dirías que son los mitos más arraigados que tiene la población adulta en materia de abusos sexuales en la infancia?

Sobre mitos arraigados, justamente en la dirección de la pregunta anterior, yo diría que piensan que los niños mienten, exageran, que se lo han inventado, que se lo han imaginado... y también está esta moda que hay ahora de culpar a las madres, en casos de divorcio un 85% de las denuncias por abuso sexual infantil se archivan, entonces hay una parte de la población que piensa que cuando las madres denuncian abusos sexuales por parte de la pareja o ex pareja a sus hijos o hijas lo que quieren hacer es joderle la vida al chaval y que lo que está haciendo es comerle la cabeza al niño o la niña para que mienta, cuando en realidad los datos nos demuestran que hay mucho abuso sexual infantil silenciado. La mayoría de mis pacientes no han denunciado nunca, y hay muchísimos pacientes que no solo no han denunciado nunca, sino que yo soy la única persona que lo sabe. 

5.       Relacionado con la pregunta anterior, en no pocas ocasiones he oído comentarios incrédulos en relación al número de casos de abuso a menores que se reportan, así como de sorpresa porque los supervivientes a menudo tardemos décadas en contarlo, ¿por qué piensas que una parte de la sociedad es tan reacia a creer en la frecuencia de los ASI o en la veracidad de los testimonios?

Como decía antes, la sociedad no está preparada para esto porque si tenemos en cuenta que la mayoría de abusos sexuales se dan en el entorno familiar y en el entorno de confianza, asumir que un 20% de los menores están siendo ahora mismo víctimas de abuso sexual les puede llevar a pensar que mi padre, mi marido, mi hermano, mi tío, mi amigo... pueden ser abusadores, entonces es una realidad tan devastadora que es mucho mejor a nivel de salud mental para la gente no querer creerlo y mirar para otro lado, pensar que eso le pasa a otra gente, que eso pasa en otros entornos, eso pasa en otros contextos, eso pasa en otros países... pero que en mi familia no pasa, nadie que yo conozca lo ha pasado, entonces es un mecanismo de defensa por el cual la gente no quiere verlo. Además,  que si un 20% de la infancia está siendo abusada lógicamente los abusadores van a hacer campaña diciendo que eso es mentira, que es una exageración, etcétera.

6.       ¿Desde tu experiencia, dirías que, en general, las personas que no han sufrido ASI están ahora más cerca de empatizar con nosotros que años atrás? ¿En ese sentido, cómo acostumbran a reaccionar las personas de tu entorno cuando les hablas de tu trabajo con supervivientes?

Las personas que no han sufrido abuso sexual infantil están más cerca de empatizar, pero aún así no lo entienden, y a nadie le gusta tocar o contactar con el dolor ajeno, y es algo tan sumamente brutal y bestial que cuando alguien cuenta algo así es un "no hables de eso, olvídalo, ya pasó mucho tiempo, mejor dejar las cosas en el pasado". Entonces, ¿están cerca de empatizar? Sí, pero todavía queda muchísimo, muchísimo, muchísimo trabajo por hacer.

7.       Paula, dentro de poco entrará en vigor la ley de ley de protección a la infancia, ¿qué otros pasos crees que son necesarios para proteger a las víctimas de ASI y facilitar la sanación de los supervivientes?

      Creo que esos pasos para proteger a las víctimas y facilitar la sanación son dar formación a todo el mundo, sensibilizar, visibilizar muchísimo más, y en justicia por ejemplo, dar formación a jueces, a fiscales y a los psicólogos y psicólogas del psicosocial, porque no puede ser que una madre denuncie un abuso sexual a un menor y que tarden un montón de tiempo en entrevistar al niño, no puede ser que digan "claro, como el niño no se acuerda o dice que no pasó, entonces es que no pasó". Hay que tener en cuenta muchos indicadores del abuso sexual infantil, como son los cambios de conducta, la depresión, el rechazo o incluso la idealización del agresor, muchas veces se dice "no, no, es que el niño quiere ir con el padre". Vale, pero es que muchas veces los abusos sexuales contra la infancia no se cometen con violencia, se cometen a modo de juego, y la culpa, la vergüenza, el miedo y la pena son emociones que las víctimas llevan encima, entonces no quieren que al padre le pase nada por lo que ellos piensan que han hecho, porque los niños abusados piensan que han tenido responsabilidad en el abuso. 

Yo creo que una de las formas de ayudar a sanar a los supervivientes y evitar el abuso sexual a la infancia es tener formación sobre ello, porque no puede ser tampoco que un niño lo diga y no se le crea, el testimonio no vale ¿no? Porque esa es otra, si el niño dice que no ha pasado aceptan que no ha pasado, pero si el niño dice que sí ha pasado responden que está manipulado o que se lo ha imaginado o que son fantasías, y ese tipo de cosas hacen muchísimo daño en la infancia.

8.       ¿Qué consejos darías a los adultos que estén a cargo de un menor en caso de que éste les confiese que está sufriendo o ha sufrido abusos sexuales? ¿Cuál es según tu experiencia la mejor manera de apoyar/tranquilizar a la víctima? ¿Qué otras actitudes, por el contrario, se deberían evitar?

 Siempre creerle, siempre, siempre, siempre, porque si no lo hacemos eso va a arrastrarlo toda la vida. Creerle, tranquilizarle, decirle que ha sido muy valiente, que estaos con él, que lo vamos a cuidar, que lo vamos a proteger, y estar presentes. Lo que no podemos hacer es cuestionarlo, juzgarle su relato, hacer como que no pasa nada cuando sí que pasa, o decirle "Pero, ¿estás seguro? Si papá te quiere mucho", porque ese tipo de afirmaciones destrozan al niño que lo está revelando y necesita que lo acojan, lo acompañen y lo crean, no que le metan más miedo y le digan que está haciendo algo mal, o que lo culpabilicen, porque eso lo va a arrastrar el resto de su vida. 

9.       ¿Crees que estamos preparados como sociedad para terminar con esta lacra?

 No, no creo que estemos preparados para acabar con esta lacra en el momento de ahora, pero sí que creo que estamos caminando hacia ello. Necesitamos más concienciación, más visibilización, más testimonios, más formación, más información, más salud mental... también quiero decir que hay mogollón de psicólogos y psiquiatras que no están especializados en esto, entonces cuando van a consulta niños, niñas o supervivientes de más edad tampoco les saben dar respuesta y ayudar, entonces creo que es muy importante la formación en trauma y, dentro de la formación en trauma, la formación en abuso sexual infantil. 

 Paula, ¿crees que la llamada Ley Rhodes, aprobada en el congreso en primavera de este año, es suficiente o debería ampliarse?

Creo que debería ampliarse, y debería tenerse mucho más en cuenta, por ejemplo, lo que hablaba antes de los juicios, que a la que se juzga en estos casos normalmente es a la madre, que se piensa que los niños mienten, que están alienados por sus madres para ir en contra de sus padres, etcétera.  Creo que se debería incidir más en la violencia, en los abusos sexuales infantiles intrafamiliares, porque la ley hace hincapié en los abusos sexuales como si fueran los de fuera de la familia los que más peso tienen o los que más frecuentemente ocurren, como si el enemigo estuviera fuera de casa, cuando en realidad los datos son brutales en la otra dirección, sí que hay abusadores que están por la calle detrás de un seto pero normalmente no es así, y yo creo que se debería insistir bastante en esto. 

Y creo que debería darse muchísima más formación no sólo a jueces y abogados, sino también a médicos, pediatras, a servicios sociales, a profesores, a educadores, a todo el mundo que tenga un contacto directo con los niños, porque toda la sociedad somos los que tenemos que intervenir para proteger, y no podemos proteger si no sabemos cómo hacerlo. 

Por último, ¿qué te gustaría decirles a las víctimas o supervivientes de abuso sexual en la infancia que puedan leer esta entrevista?

      Les aconsejaría que vayan a un psicólogo o a una psicóloga con formación en trauma, sobre todo en EMDR, que es una corriente psicológica que trabaja mucho en esto. Es increíble la capacidad de sanación que tienen estas terapias, ¿por qué? Porque vamos entendiendo cómo desde el abuso hasta ahora, ese tipo de abuso ha ido haciendo mella en nosotros y entonces podemos relacionar mucha sintomatología que pensábamos que igual no tenía nada que ver con el abuso y podemos trabajarlo desde otra perspectiva, desde el presente y con un profesional que sabe del tema, que no se va a asustar y que va a saber guiarnos a través de la experiencia que tiene con otros pacientes. 

      Les diría también que no están solos, que no están solas, que no se acabó la vida, que hay maneras de poder volver a sanar, de poder generar un apego seguro con nosotros mismos para poder salir de ahí, que hay una parte de nosotros o nosotras que continúa atrapada en el trauma, y por eso se siente así, a veces nos sentimos indefensos en situaciones en las que creemos que no deberíamos y a partir de trabajarlo todo tiene sentido. Les diría que hagan un viaje terapéutico acerca de su historia para poder entender, poder sanar y poder rescatar y salvar a ese niño o a esa niña que piensa que fue su culpa. 

----------

      

      Y hasta aquí la entrevista. Creo que es muy completa y que se nota que Paula está familiarizada con el tema del que habla, pero además me ha gustado por dos motivos: el hincapié que hace en la necesidad de formación y sensibilización en la sociedad sobre abusos sexuales en la infancia, y su postura realista (seguimos sin entender del todo la magnitud de este tipo de agresiones) a la par que positiva (no estamos solos, se puede sanar y entender muchas cosas que nos ayudarán a sentirnos menos dañados, bichos raros o culpables, aunque siempre es más fácil si pedimos ayuda). Por otra parte, me parece importante lo que dice acerca del mecanismo de defensa que usa mucha gente "no ASI" para protegerse del impacto psicológico que supone saber que esto existe, y que pasa por la negación. He tenido conversaciones con personas que (unas para referirse a los ASI, otras a la violencia sexual en general, y otras a ambas) negaban los datos, hablaban de las víctimas que mienten, de las denuncias falsas, de como muchas "se suben al carro" del movimiento MeToo... y más de una vez me he sentido frustrada, impotente y muy triste, sobre todo cuando conocía a la persona. Creo que reflexionar sobre ello puede ser beneficioso para mi propio proceso, y a la vez espero que a quienes leáis esta entrevista también os ayude a haceros preguntas y a entender mejor la realidad de los supervivientes. De hecho, no es otro el objetivo de este blog y si consigo mi objetivo aunque sea con una sola persona, puedo darme por satisfecha, si bien reconozco que cada vez me siento más ambiciosa en ese sentido. 



sábado, 6 de febrero de 2021

CANDELAS EN LA OSCURIDAD

 

Para los supervivientes de abusos sexuales en la infancia tener pareja suele ser un tema difícil de gestionar. Como he comentado en entradas anteriores, crecer con sentimiento de culpa y una autoestima baja acostumbra a llevar aparejado que nos creamos indignos de amor y atención. Si alguien nos trata bien y nos quiere parece que esa persona es adorable y nos está haciendo un favor.

El problema viene porque eso no siempre es verdad: a veces nos encontramos con seres humanos cariñosos, amables, empáticos, generosos, razonables... pero haber interiorizado que no vales nada ni mereces que te traten bien puede ser el caldo de cultivo perfecto para que acabes cerca de narcisistas, manipuladores, maltratadores... principalmente porque ellos desean relacionarse con seres a los que puedan someter y nosotros nos sentimos atraídos por aquellas personas seguras de sí mismas y con carisma -justo lo que nos falta- que nos dan cariño... aunque solo lo hagan al principio. Salir de ahí, una vez ya estás convencido/a de que toda la culpa de que la relación vaya mal es tuya y de que conviertes en basura todo lo que tocas (algo que ya pensabas antes y que queda reforzado por el contacto con esa relación destructiva), suele ser mucho más difícil de lo que parece desde fuera. 

Pero no hace falta que caigamos en la revictimización para que nos cueste mantener relaciones sentimentales. Muchas veces debido a esa idea de que no merecemos amor y a nuestras inseguridades acabamos cediendo con nuestras parejas en todo lo que quieren por miedo a perder su amor. Y desde nuestra percepción distorsionada tiene lógica: si salgo con una persona maravillosa que está a años luz de mí y a la que no me merezco debo vigilar lo que hago, porque en cualquier momento puede darse cuenta de que comparte su vida con alguien insignificante. 

La necesidad de complacerla puede ir desde cosas importantes hasta pequeños detalles: ¿que nuestra pareja quiere ir a cenar a una brasería pero preferimos ir a un vegetariano? Mejor nos callamos, no vaya a ser que piense que somos personas extrañas o que nuestros gustos y los suyos difieren demasiado y ya no quiera volver a cenar juntos nunca más. ¿Que nos propone ir  al cine a ver una película de acción y resulta que ese género no nos gusta demasiado? Que ni se nos ocurra decirlo y sugerirle ver otro filme que nos agrade a las dos partes, porque corremos el riesgo de decepcionarla. ¿Que nos quiere presentar a su familia y creemos que es muy pronto? Más vale decir que sí con la mejor de nuestras sonrisas e ir el domingo a comer paella a casa de los suegros, no vaya a ser que él o ella piense que no queremos comprometernos. Ah, y por supuesto debemos intentar caerle bien también a nuestra familia política. ¿Acaso nos vamos a ir a vivir con nuestra pareja y a ésta le apasiona un piso que ha visto y que no nos convence? Como mucho lo podemos comentar tímidamente, pero hasta ahí, que a ver si se lo va a pensar mejor y al final no querrá que vivamos en la misma casa. Es preferible alquilar/comprar con él/ella un piso que no nos gusta que quedarnos solos. Y así con todo. Al final, como lo que piense nuestra pareja sobre nuestros gustos/preferencias/decisiones no depende de nosotros, acabamos entrando en un bucle que es muy complicado romper. Sobre todo porque aquello que motiva ese miedo a que se decepcione son nuestras inseguridades y mientras las carguemos sobre los hombros siempre va a existir el temor a no hacerla feliz o no resultar compatibles, sea por un motivo u otro. 

Y cuando has acostumbrado a alguien con quien sales a que tú siempre cederás en todo, decirle que has empezado a trabajar en tus traumas y que a partir de ahora tendréis que ir a medias puede provocar discusiones y fisuras, ya sea porque no sabes cómo abordarlo o porque tu pareja no está dispuesta a dejar de llevar la voz cantante. 

Luego también existimos (y me incluyo plenamente) supervivientes que por miedo a caer en relaciones donde acabemos dejándonos pisotear hacemos todo lo posible para huir de ellas, a veces de forma inconsciente. Hasta hace unos años yo no sabía por qué nunca había tenido pareja, era inexplicable para mí (lo único que se me ocurría es que era tan fea y tan poca cosa que de alguna forma los demás "lo olían" y por eso no gustaba a nadie), pero el caso es que casi siempre evitaba conocer más a fondo a personas que mostraran interés en salir conmigo.

He de decir que hasta los veintimuchos años no sentí deseo sexual medianamente intenso hacia nadie (llegué a plantearme si no sería asexual), a lo sumo alguna vez remota me había sentido atraída físicamente por alguna persona famosa, pero no me ocurría con nadie a quien me pudiera encontrar en mi día a día. Supongo que el rechazo a la sexualidad fruto de los abusos mermó mi propio deseo durante años, y en esas condiciones, al relacionar en mi cabeza amor romántico con atracción sexual me era difícil fijarme en nadie. Pero por otra parte reconozco que me mostraba muy cínica en cuanto a las relaciones sentimentales: desde la adolescencia pensé que los noviazgos cortaban las alas, que la mejor muestra de independencia era estar sola y que todo lo que tuviera que ver con amor de pareja estaba sobrevalorado. 

De alguna manera sigo pensando que socialmente idealizamos ese sentimiento (muchas canciones, series, novelas... hablan de los noviazgos como una tabla de salvación y una especie de burbuja idílica), creo que frases como "el amor todo lo puede", "un día encontrarás a alguien que junte todos tus pedazos rotos", "si te trata mal es porque le gustas", "quien bien te quiere te hará llorar", "si no duele no es amor"... además de ser falsas pueden llevar a muchas personas a permanecer en noviazgos tóxicos o a esperar de sus compañeros sentimentales que sean algo así como sus cuidadores o caballeros andantes y curen sus traumas, cuando los demás nos pueden acompañar y mimar pero solo nosotros mismos tenemos la capacidad de sanar nuestras propias heridas. Sin embargo, ya no me causa rechazo ver una buena película romántica, ni pienso que el romanticismo sea cursi, ni desconfío de las relaciones sentimentales en general. Aun así me consta que no soy la única superviviente de abuso infantil que ha pensado o piensa que amar hace daño. De hecho, es justamente lo que nos pasó en la infancia: quisimos y/o confiamos en la persona equivocada. Por supuesto ninguno de nosotros tuvo la culpa, pero en nuestra cabeza eso es mucho más complicado. 

No obstante, existen personas que son como velas en medio de la oscuridad, y que con sus principios, su cariño, paciencia y generosidad nos devuelven la confianza poco a poco en los demás. Hay seres humanos que saben querer con toda la sinceridad del mundo, que se entregan y demuestran su amor sin por eso depender de nadie, y que acompañan a sus parejas supervivientes en todo momento, especialmente cuando éstas más lo necesitan. No es fácil ver a la persona que quieres hundida, con pesadillas, estrés postraumático, miedos... no debe de ser nada sencillo querer ayudarla y darte cuenta de que no puedes hacer nada más que estar a su lado. No todo el mundo decide quedarse en el barco y algunos se bajan, haciendo poco o mucho ruido.

En contrapartida están los que buscan ayuda para aprender a llevar la situación de la forma más positiva posible, quienes preguntan, se esfuerzan por comprender, acompañan con respeto y son capaces de ver toda la belleza y fuerza que hay dentro nuestro y que a nosotros se nos escapa. Se trata de personas que tienen sus fallos, como cualquiera, pero que saben dar amor y aunque no curen las heridas de sus parejas las ayudan a aplicar las gasas cuando ellas se lo piden. Al final este tipo de seres humanos son quienes me ayudan a recobrar la fe en el amor y en las personas. He tenido la suerte de conocer a algunos y la verdad es que me ha tocado por dentro varias veces la manera en que ellos y ellas veían nuestra lucha, cómo eran conscientes de nuestra capacidad para salir adelante y su forma de hacernos creer en nuestro valor cuando los supervivientes estábamos seguros de que nadie lo veía, entre otras cosas porque pensábamos que no era real. 

Creo que el amor desinteresado existe, existen personas que saben ponerlo en práctica y que no esperan nada a cambio, más que ver felices a quienes quieren. Y pienso que ese amor nunca desaparece, sino que incluso aunque las relaciones de pareja acaben el cariño y la ternura permanecen en el alma y en el recuerdo, así como la fortuna de haberlas experimentado. Sin duda ningún superviviente vuelve a ser el mismo -para bien- después de haber compartido su sanación con una pareja así.

Desde aquí, como ASI, me gustaría darles las gracias y rendirles un pequeño homenaje. Por su paciencia, sus ganas de aprender de los errores y su compromiso. Gracias por amar de forma sana a una persona a quien hicieron creer que el amor era sinónimo de engaño y dolor, pero también por darnos esperanza al resto. Sois luz, y estoy convencida de que no os podéis imaginar el bien que hacéis. Porque lo hacéis: cambiáis o habéis cambiado vidas para mejor, y creo que eso es lo más bello que se le puede decir a alguien. O sea que de corazón, mi más profundo reconocimiento y gratitud. 

 

  

jueves, 19 de noviembre de 2020

LA NIÑA QUE SOBREVIVIÓ

 


Adaptarme, esperar, soñar. Si tuviera que definir mi infancia con tres palabras elegiría estas. Convertirme en un camaleón para sobrellevar los miedos, esperar a crecer para ser libre y tener una vida perfecta, con una casa preciosa, una familia bien avenida, un par de animales y todos mis proyectos cumplidos. Porque cuando yo era pequeña sobre todo me dedicaba a eso: a fantasear con mi futuro. Y, por supuesto, se trataba de fabulaciones maravillosas. Es algo que ha sido sorprendente para mí durante muchos años: recordar mi felicidad durante la infancia. 


Más de una vez he pensado que, en el fondo, mis abusos no debieron de ser graves, puesto que en ese caso no habría sido tan alegre y soñadora cuando era niña. Me ha costado bastante entender que precisamente ambas características fueron un escudo, una forma de luchar contra los abusos. Siempre he “pecado” de demasiado optimista, de obviar detalles que me daban pistas de que algo saldría mal o de que estaba confiando en alguien que no era tan transparente o estupendo cómo me parecía. Y enseguida entendí que esa ingenuidad, a pesar de tener una historia personal que me debería haber preparado para lo contrario, era un mecanismo de defensa. Me he negado a ver las partes más oscuras de la humanidad porque de pequeña creí que no iba a soportar vivir otra vez lo mismo, y necesité autoconvencerme de que la vida era de color rosa. Con los años, claro está, comprendí que estaba equivocada pero una parte de mí siguió aferrándose a la creencia de que todo era más puro y bonito de lo que sugería la realidad. Y ahora entiendo que si logré sobrevivir fue porque me pasé la infancia soñando. Y esperando, aguardando a que esos sueños se cumplieran. 


No hace falta explicar que el batacazo al hacerme adulta fue importante, porque cuando cumplí dieciocho años resultó que la promesa de dicha, paz y libertad no estaba allí, a la vuelta de la esquina, esperando para premiarme por mi paciencia y buena voluntad. Eso solo ocurre en los cuentos de hadas y yo no era una princesa encantada, pero aceptarlo fue duro porque entonces vino la tristeza. 


Alrededor de los 17 años, en el momento en que entendí que ya había crecido, comencé a ser más consciente de mis secuelas, de que yo no era “normal” y también de que de alguna manera no lo había sido nunca. Solo que ahora no tenía, como antes, el consuelo de que un día me haría mayor y todo lo que no me gustaba de mí se recompondría como por arte de magia. Ahora ya no era un “proyecto de persona” (que es lo que yo de alguna forma había sentido en mi niñez), sino que para bien o para mal las bases de mi carácter estaban asentadas, y yo no podía sentirme más defectuosa, más rota. El optimismo desmedido y la alegría de mi infancia se convirtieron en pena, dolor y decepción, hasta el punto de que perdí la ilusión por lo que me rodeaba. Continuaba soñando, porque era lo que me daba fuerzas para seguir, pero tampoco me emocionaban especialmente esos proyectos, sino que más bien quería cumplirlos para no sentirme una fracasada. 


Porque eso es lo que veía de mí misma: que en teoría lo tenía todo para estar contenta y satisfecha, pero no era así. Notaba un vacío dentro que no comprendía, y lo vivía como una derrota: no estaba siendo capaz de tomar las riendas de mi vida, no podía dejar de sentirme un bicho raro, un estorbo, un error de la naturaleza. Así que solo me quedaba seguir soñando que en el futuro todo cambiaría, mientras me frustraba por estar malgastando mi vida, porque no lograba disfrutar realmente de ésta. Casi todo me parecía anodino, y muchas veces hacía las cosas de forma automática, disociada y sin ser consciente de mis actos. Vivía para intentar demostrarme algún día a mí misma que yo merecía existir.


Todo empezó a cambiar cuando puse remedio a mis secuelas, cuando comencé a buscar ayuda e hice trabajo interno, pero si yo no hubiera recordado a los veinte años que de niña fui abusada probablemente ahora, más de una década después, seguiría sintiéndome como en mi postadolescencia: rota, defectuosa, perdida. Quizás seguiría pensando que yo no debería haber nacido, y le echaría las culpas a la pequeña que fui por su ingenuidad de creer que el mundo era un lugar mejor de lo que es. Ahora puedo abrazar a mi niña interior y empatizar con ella, pero hace un lustro y medio la odiaba. Recuerdo que con 22 o 23 años le escribí una carta en la que solo me faltaba acusarla de ser la hermana perdida de Satanás. A mí, a una niña que lo único que había hecho era sobrevivir. Ahora comprendo lo injusta que fui conmigo misma, pero hasta hace relativamente poco no lo veía. Y creo que de alguna manera tampoco entendía por qué de pequeña podía ser tan feliz, y eso me llevaba a sentirme una farsante. 


Por ello he querido escribir este texto. Hoy es 19 de noviembre, un día que varias ONG catalogan como de lucha contra los abusos sexuales infantiles, y estoy segura de que entre todas las víctimas/supervivientes muchas y muchos se sentirán como yo me sentía. Desconcertados y culpables. Responsables de no haber hecho, de no haber dicho, de haber sobrevivido, de cómo lo hicimos… pero la realidad es que actuamos de la única forma que pudimos y supimos en ese momento. No hay dos supervivientes iguales y las secuelas son tantas y a veces tan dispares que se pueden manifestar de forma opuesta. Hay quien se vuelve un estudiante modelo, hay quien no aprueba ni una asignatura, hay quien se comporta de forma excesivamente complaciente y quien por contra actúa de manera huraña y solitaria, hay quien rechaza el sexo pero también quien empieza a practicarlo con compulsión, etc. 


Por eso pienso que como sociedad y a nivel personal es importante tener en cuenta que no existe un prototipo claro de superviviente de abuso sexual en la infancia. Hay consecuencias a nivel psicológico o de conducta más o menos generales, pero cada uno de nosotros tiene su propio escudo. Que un niño o niña parezca feliz y alegre no significa que no tenga miedo o que no haya vivido un tormento. 


Así que yo hoy, en contraste con la carta que le escribí a mi niña interior hace tiempo, me gustaría aprovechar este día y este espacio para pedirle perdón, y decirle que ahora comprendo todo lo que tuvo que reprimir, incluso ante ella misma, y que fue muy valiente. Que es buena, que siempre lo ha sido, y que todo lo que hizo fue para sobrevivir. Que la he estado juzgando mal durante muchos años y que de eso solo tengo la culpa yo. Y sobre todo que la quiero y que espero que pueda perdonarme. Por fin he aprendido a quererla y admirarla y ahora me gustaría que hiciéramos el resto del camino juntas. Desde aquí le hago llegar un abrazo de alma, de superviviente a víctima, y todo, absolutamente todo mi amor.


viernes, 4 de septiembre de 2020

REVELACIONES

He contado ya alguna vez en este blog que tengo amnesia relacionada con los abusos desde que era muy pequeña, pero también con otros sucesos de mi infancia que no tenían nada de desagradables. Por ejemplo, objetos que había en estancias concretas, anécdotas llamativas que me ocurrieron X día que iba por la calle, haber estado en un sitio que por lo visto pisé varias veces en mi infancia... y no es que me acuerde vagamente o que no caiga en la cuenta de que tuve estas vivencias hasta que alguien me las recuerda, sino que incluso cuando me hablan de ellas yo no soy consciente de haberlas vivido.

Es una especie de daño colateral de los abusos: a veces la memoria no solo bloquea a veces los recuerdos traumáticos, sino también otros que resultan neutros, como si los eliminara en bloque o algo por el estilo.

Pero hay otra consecuencia de la amnesia traumática o disociativa que al a la larga es positiva pero que en un primer momento resulta muy confusa y dolorosa: cuando los recuerdos se recuperan.

Ya he comentado con anterioridad que algunos supervivientes con amnesia sí se acuerdan de algunas escenas de abusos mientras que otros ni siquiera recordábamos haber sido abusados, y que en algunos casos los recuerdos que recuperamos son parciales (imágenes congeladas, recordamos el después pero no el "durante" o viceversa, nos vienen recuerdos sobre los hechos pero no sabemos quién fue el agresor...).

En mi caso, recuperar recuerdos a veces no me ha afectado especialmente, ya que su carga emocional no era muy intensa, pero en la mayoría de ocasiones me ha dejado y me deja con una sensación de irrealidad, confusión y tristeza notables. Y no solo por la información que me aportan, sino porque esas reminiscencias de imágenes o pensamientos de la época de los abusos nunca vienen solas, sino que van acompañadas del sentimiento de culpa y vergüenza que tenía entonces, y a menudo me me conectan con ellos. Da igual si yo sé que no fui culpable, que no estoy marcada ni sucia como me sentí por años... en esos momentos, aunque yo racionalmente lo sepa, es inevitable que por unos días o semanas mi razón diga una cosa y mi inconsciente otra, ¿sabéis como cuando experimentáis una sensación o presentimiento difícil de justificar a través de la lógica (por ejemplo, que algo va a salir mal o que una persona, por amable que parezca, no es de fiar) y que no podéis ignorar aunque queráis? Pues salvando las distancias la culpa y confusión que sentimos los supervivientes con amnesia disociativa durante la aparición de nuevos recuerdos son muy parecidas a esos pálpitos que todos tenemos a veces. Se pueden minimizar usando el raciocinio pero son independientes de este. Así que mientras duran esos efectos de los nuevos recuerdos sobre ASI solo nos queda capear el temporal como podamos, hacernos a la idea de que pasará y tratar de dialogar mucho con nosotros mismos. 

No obstante puede ser difícil, ya que nuestras emociones en esos días son tan intensas que es fácil que nos agotemos mentalmente. A eso hay que sumarle que debemos seguir haciendo nuestros quehaceres cotidianos: ir a trabajar, cuidar de nuestros hijos, asistir a reuniones familiares, ocuparnos de asuntos mundanos... en un momento en el que podemos incluso estar dudando de nuestra propia cordura. Esto último puede sonar extremo, pero hay que tener en cuenta que si nuestra memoria bloqueó recuerdos traumáticos es porque en el momento que los vivimos no estábamos preparados para gestionarlos, y si ya de por sí una agresión sexual es una experiencia muy dolorosa, debemos pensar que a veces el ASI no es cometido por un único agresor (de hecho, debido probablemente a la indefensión aprendida, muchos supervivientes tuvimos más de un abusador en nuestra infancia), o que la familia lo sabía y no hizo nada por evitarlo, o que el procedimiento de los agresores incluía conductas que hacían todavía más cruel el abuso. 

Por ejemplo, imaginemos que María creció sabiendo que su primo mayor había abusado de ella en la infancia, pero con 30 años recupera un recuerdo en el que quien la está agrediendo es su abuelo y no el primo. No tendría nada de extraño, estadísticamente hablando, que los dos la hayan abusado cuando era niña, pero para María su abuelo es una buena persona que siempre la ha tratado con cariño, que le compraba chocolatinas cuando iba a su casa y que aún a veces se las sigue comprando, mientras que a su primo siempre lo ha recordado como agresor. Ese nuevo recuerdo rompe por completo la imagen que ella tenía del anciano, y por eso su primera reacción es pensar que las reminiscencias sobre ASI son en realidad una invención de su mente, lo que la lleva a preguntarse: ¿y si se ha imaginado los abusos de su primo y los de su abuelo? ¿Y si tiene un trastorno mental? ¿Y si por contra fue su abuelo y no su otro familiar el único que la agredió sexualmente? ¿Pero entonces por qué en sus recuerdos cambiaba la cara de uno por la del otro? ¿Y si tiene delirios? ¿Y si lleva 20 o 25 años viviendo una mentira fruto de su mente enferma? ¿Y si cuando sus amigos se enteren creen que es una mentirosa y que les ha engañado al contarles que fue abusada en la infancia? 

Siempre pienso que estas cosas me habrían parecido irreales antes de vivirlas. Cuando no recordaba mis propios abusos habría sido capaz de razonarle a cualquier superviviente con amnesia disociativa que el hecho de que sus nuevos recuerdos no correspondan con vivencias que hasta ahora había considerado como ciertas no significa ni mucho menos que se los haya inventado, sino que por el contrario al tener lagunas de su infancia y/o adolescencia hasta ahora había partes de su vida que no recordaban tal como fueron. Incluso a día de hoy puedo verbalizarle a cualquiera el mismo argumento que acabo de esgrimir. Pero cuando me ocurre a mí, me bloqueo. La sensación de irrealidad, de estar contando hechos que no pueden ser verdad, de estar viviendo una situación surrealista lo invade todo. O casi todo. Porque mi razón, esa que siempre aparece para guiarme en los momentos de mayor confusión, me dice que lo que me está ocurriendo a mí le pasa a muchos supervivientes, que no es extraño según las estadísticas contar con más de un agresor, que el sentimiento de tener la identidad fragmentada y de haber perdido varios de los pedazos es natural, que la tristeza también es normal, que nada que pueda descubrir cambiará las cosas, etc. Pero a pesar de repetirme estas frases, es como si el rompecabezas volviera a quebrarse. Y la sensación de no ser de fiar, de existir para ser un espejismo se me hace presente durante un tiempo.

Siempre se va, siempre vuelve la normalidad por ahora. Poco a poco voy procesando y comprendiendo, y también asumo (unas veces de forma completa y otras parcialmente) que tal vez nunca llegaré a recordarlo todo, y que eso no cambia la realidad. Pero la sensación que describo más arriba todavía surge justo después de un nuevo recuerdo. Supongo que en algún momento dejará de ser así y podré gestionar mejor las "nuevas noticias". En realidad creo que tengo más rodaje que años atrás, y que esta situación ya no me pone mi mundo tan patas arriba. Pero aún me queda camino, y a día de hoy así estamos.

viernes, 28 de agosto de 2020

DEJA DE HACERTE LA VÍCTIMA

 

He oído bastante a lo largo de mi vida la expresión «hacerse la víctima», y en la mayoría de ocasiones admito que me ha tocado la fibra sensible e incluso me ha provocado un poco de indignación. Quizás porque una de las primeras veces que la escuché de manera abierta fue en el contexto del bullying que viví en la adolescencia, y, efectivamente, iba dirigida a mí.

En aquellos años (inicios de la primera década de los 2000) no había tanta consciencia sobre el acoso escolar como ahora, puesto que la tragedia que ayudó en mi país a sensibilizar a la sociedad sobre este tipo de maltrato entre iguales –el triste suicidio de Jokin Ceberio- tuvo lugar en 2004; así que cuando empecé a pedir ayuda al profesorado y a la dirección del instituto para evitar que siguiera sucediendo, entre mis compañeros empezaron a surgir comentarios de los que yo era el blanco, a veces interpelándome de forma directa, y otras hablándole a condiscípulos que yo tenía cerca, pero siempre dejaban claro que iban dirigidos a mí, como por ejemplo “Espero que ahora no vayas a quejarte de lo que te hemos hecho, como tú vas de víctima…”, “Ten cuidado con lo que le dices a *******, háblale como a una marquesa, que si no se lo contará a la directora, esta  es una chivata y va mucho de víctima” o “A ti te encanta llorar”.

Recuerdo que por entonces no lograba entender cómo podían decir eso las mismas personas que participaban en el bullying hacia mí, o compañeros/as que no me acosaban pero que sabían que otros lo hacían. No es que fuera algo generalizado, pero sin embargo sí pasó varias veces. Como decía antes, creo que sencillamente era falta de sensibilidad ante el tema, pero para mí esas palabras eran injustas, puesto que en el fondo yo sabía que tenía motivos para defenderme y pedir ayuda. No obstante, recuerdo que en una ocasión respondí a las acusaciones sobre estar victimizándome con la siguiente frase: “no, no me hago la víctima, es que lo soy, soy víctima del acoso que me hacéis.” ¿Qué pasó? Que automáticamente me sentí culpable por definirme con ese sustantivo, como si por hacerlo estuviera llamando la atención o creyéndome una pobrecita. En resumen, me sentí culpable por victimizarme, justo como ellos decían.

A esto hay que sumarle una cosa: en una entrada anterior ya conté que cuando estaba en primaria, con unos 6 años, tenía un comportamiento muy rebelde, escapándome de clase, negándome a volver al aula después del recreo, haciendo oídos sordos a lo que me decían los adultos y, en ocasiones, propinando algún manotazo o empujón cuando tenía alguna desavenencia con otro niño. Fue una etapa que yo sitúo a la par o poco más tarde de sufrir los abusos sexuales (creo que la primera vez fue entre los 5 y los 6 años más o menos), y que a veces ocurre: cuando un menor padece ASI puede desarrollar comportamientos de agresividad o de desafío a la autoridad como una manera de (mal) canalizar la ira que siente.

El tema es que a mí esas actitudes me duraron unos pocos meses, sin embargo, aunque la mayoría de profesoras que tuve olvidaron lo sucedido a medida que fui corrigiéndome, hubo un par de maestras que durante toda la primaria me colgaron la etiqueta de “niña conflictiva que busca llamar la atención”, y sobre todo una de ellas se dejaba llevar frecuentemente por ese prejuicio: si yo le decía que me dolía una parte del cuerpo o tenía cualquier problema automáticamente daba por hecho que estaba mintiendo para que me hicieran caso, y así lo expresaba. Creo que de alguna manera esa docente acabó regando la semilla que había colocado mi agresor dentro de mí (la de la fragilidad), y cuando los compañeros que me acosaban en el instituto empezaron a repetir que yo iba de víctima por defenderme de sus ataques, esa semilla comenzó a florecer, y a día de hoy su fruto aún no se ha marchitado.

Creo que esta es la razón de que me indigne cuando oigo decir a alguien que los supervivientes de abusos sexuales en la infancia, o las mujeres que han vivido violencia de género, o quienes han padecido maltrato familiar… nos hacemos las víctimas cuando contamos los efectos que esas vejaciones han dejado en nosotros. Porque del mismo modo que quienes han sufrido, por ejemplo, un cáncer o un ictus y cuentan las consecuencias que esas dolencias físicas han dejado en su vida no se están victimizando (ni creo que acostumbren a recibir tales acusaciones, aunque si alguien que haya tenido esa experiencia piensa lo contrario le agradeceré que me corrija), quienes hemos sido objetos de algún tipo de maltrato, tampoco.

Admito que cuando alguien es blanco de una o más situaciones violentas y/o traumáticas puede que con el el tiempo adopte un rol victimista, asumiendo una actitud de “pobre de mí” cada vez que tiene un conflicto con alguien o algo no le sale bien. He de reconocer que lo he visto, y que conozco a algunas personas que si discuten contigo seguro que de forma automática te echarán toda la culpa de la situación, la tengas o no, y cuando cuenten los hechos lo harán desde una óptica tan particular que te quedarás de piedra al comprobar esa forma autoindulgente que tiene de ver lo sucedido. Algunas de ellas lo hacen de forma patológica, mientras que otras caen en victimizarse solo de vez en cuando.

Pero una cosa son las personas que tienden a asumir el rol de víctima con cierta frecuencia (lo sean o no) o que se regodean en ese papel, y otra muy diferente las que hemos vivido una situación de abuso y decimos contar las secuelas que ha dejado en nosotras como parte de su sanación. Eso no tiene nada de insano, siempre que no basemos nuestra vida única y exclusivamente en rememorar los abusos, puesto que los malos tratos (sexuales, psicológicos, emocionales, físicos…) dejan un poso que los supervivientes podemos minimizar con trabajo interno, incluso aprender a vivir con él, pero que la mayoría de veces no se va del todo.

Por supuesto que podemos sentirnos felices gran parte del tiempo y disfrutar de lo que tenemos, pero es probable que de vez en cuando tengamos que volver a echar un pulso con nuestro trauma. De la misma manera que alguien que tiene un dolor físico crónico puede hacer su vida sin grandes dificultades, pero en algún momento es probable que ese mal sí le impida realizar sus quehaceres cotidianos o incluso levantarse de la cama. Y no se estará victimizando por decir que le duele o por pedir que uno o varios oídos la escuchen cuando necesita desahogarse, igual que verbalizar el desgarro que te produjo un trauma no implica creerte una pobre víctima desvalida. Porque haber sido víctima de algo y asumirlo no quiere decir ir llorando por las esquinas mientras se nada en el mar de la autocompasión perpetua. 

Es complicado, ya que en mi opinión muchas personas relacionan ser o haber sido víctima de maltrato con vulnerabilidad, y ésta no está aceptada socialmente. Parece que tenemos que ser capaces de sobreponernos a todo para demostrar nuestro sentido de la supervivencia. Pero como me dijo una vez una mujer muy inteligente –también víctima de abusos en su infancia-, las personas tenemos días de porquería y periodos de porquería, y tenemos derecho a sentir las emociones que nos producen sin juzgarnos por ello. Y, añado yo, también a expresarlas, sean o no fruto de un trauma que algunos creen que debimos superar del todo hace tiempo. Y no nos estamos victimizando por ello, puesto que el dolor, como la felicidad, existe.  

viernes, 14 de febrero de 2020

RELACIONES AFECTIVAS TRAS SUFRIR UN ABUSO SEXUAL EN LA INFANCIA


Cuando era adolescente las pocas amigas que tenía comenzaron a emparejarse, y yo, que desde mi entrada en la pubertad había deseado amar y ser amada, empecé a presentir que las relaciones personales podían ser algo peligroso, o por lo menos más peligroso de lo que había supuesto. Y es que muy pronto comencé a darme cuenta de que gran parte mis amistades y conocidas establecían relaciones donde no acababan de sentirse libres, o respetadas, o apoyadas o… en definitiva, ellas mismas. Cabe señalar –y más adelante veréis por qué es importante- que entre algunas de esas personas se encontraban al menos dos supervivientes de abuso sexual infantil, la primera por parte de su padre y la segunda de su tío.

Yo, que conocía ese dato pero no recordaba mis propios abusos, jamás relacioné su condición de ex víctimas con el hecho de que los chicos con quienes se relacionaban no tuvieran actitudes del todo sanas con mis amigas (y he de decir que, a veces, ellas con ellos tampoco), pero sí que era consciente de que en esas relaciones había manipulaciones, chantajes emocionales, intentos de dominar a la otra parte, mentiras, faltas de respeto frecuentes, agresiones verbales, exigencias desmesuradas… y empecé a preguntarme si los vínculos afectivos eran en realidad jugar a una quiniela en la que podías escoger el rol de dominador o de dominado, lo cual me provocó mucho miedo. Supongo que porque en el fondo sabía que yo no estaba preparada para protegerme a mí misma en un caso así: era incapaz de poner límites y de dejar de asumir culpas ajenas.

A decir verdad, con los años fui ampliando mi círculo de amistades y conocidos, y descubrí que no sólo los supervivientes ASI podíamos caer en relaciones de ese tipo, pues muchas personas que en teoría no habían sufrido abusos también vivían la misma situación. Sin embargo, tal como explico en esta entrada (https://towandaninaquesobrevivio.blogspot.com/2019/03/indefension-aprendida-cuando-el.html) a los supervivientes ASI, durante los abusos, nos enseñaron por un lado que no teníamos la capacidad de poner límites, y por el otro nos crearon una serie de inseguridades que minaron nuestra autoestima hasta hacernos sentir que no éramos dignos de respeto, cariño ni consideración.

Como consecuencia, cuando de mayores nos topamos con personas que nos tratan de forma dañina no sabemos identificarlo, o si lo hacemos acabamos disculpándolas porque “yo lo he provocado”, “ha sufrido mucho y por eso actúa así”, “en el fondo es buena persona y me quiere”, “seguro que estoy exagerando, ¡Soy un ser tan dramático e idiota”… y cualquier otro frase parecida que se os pueda ocurrir para justificar a quien, en el fondo, no hace otra cosa que saltarse nuestros límites, esos que no hemos podido poner porque no los sabemos identificar.

Sin embargo no solamente las personas con indefensión aprendida hemos caído en este tipo de vínculos. Somos más susceptibles por carecer de las herramientas para defendernos si ocurre, pero no es un requisito imprescindible para padecerlo: no haber aprendido nunca a identificar las señales de alerta o considerar como positivas/normales -por haberlas presenciado durante las primeras etapas de la vida- conductas tóxicas, también pueden considerarse factores de riesgo. 

No obstante y yendo más allá, en algunas ocasiones ocurre que aquellos que tienen secuelas emocionales típicas de ASI/maltrato como la baja autoestima, el miedo a la soledad, la sensación de no merecer la felicidad, problemas relacionales, una pésima autoimagen, etc.  no son (o no sólo son) quienes padecen actitudes manipuladoras de otra persona, sino que también pueden generar vínculos nocivos con su entorno como consecuencia de sus propias actitudes dañinas. Y no hablo solamente de las relaciones de pareja, sino de cualquier vínculo afectivo, como puede serlo uno familiar, laboral o de amistad. 

Durante más o menos la última década he tenido oportunidad de conocer a muchas personas que arrastraban inseguridades y carencias emocionales, y aunque la gran mayoría crea lazos positivos con su entorno, en algunas de ellas he podido comprobar actitudes de manipulación, dependencia o agresiones psicológicas. Normalmente para conseguir aprecio o que los demás se hicieran cargo por ellas de resolver sus secuelas y llenar sus graves carencias afectivas. Algo parecido a "Si me quieres, me tienes que salvar", como si de un cuento de hadas se tratase, y con el chantaje emocional que supone esa demanda. En otras ocasiones, simplemente intentaban salirse con la suya, quizás dando por hecho que haber sufrido mucho durante parte de su existencia implicaba que tenían derecho a obtener de la vida todo aquello que desearan “Ya lo ha pasado suficientemente mal, ahora merezco ser feliz”. Y nadie dice lo contrario, pero claro, no puede ser a costa de poner sus deseos y necesidades por delante de las de los demás, ni atacando a quienes no son responsables de sus cicatrices, por mucho miedo que tengan a volver a sentirse heridas o traicionadas. 

Sin embargo, para mí, que de niña aprendí a ver el mundo como un lugar seguro en el que la mayoría de sus habitantes eran  “personas buenas” (lo cual significaba que eran puras y totalmente de fiar), este descubrimiento ha sido difícil de asimilar. Ha supuesto que mis esquemas, mi escudo protector, se rompiera. Y aunque, como ya he comentado al principio de este texto, desde adolescente empecé a intuir las relaciones afectivas como peligrosamente problemáticas, creo que en el fondo siempre quise creer que ese riesgo jamás me alcanzaría. Que, por algún motivo ilógico, yo sabría protegerme de ese tipo de vínculos. Lo único que tenía que hacer era no equivocarme nunca, ser sensata, no meter la pata... 

Creo que ese, de algún modo, fue uno de los mayores mecanismos de defensa que tuve de pequeña, después de los abusos: convencerme de que lo que me había ocurrido era un hecho aislado, infrecuente, que no me volvería a pasar. Y para eso necesitaba confiar en la bondad del ser humano. Pienso que aunque pueda parecer curioso (porque tal vez de un/a superviviente de ASI esperaríamos que, como consecuencia, fuera muy desconfiada y temerosa de su entorno), a la práctica necesitar creer desesperadamente en la gente tras una agresión de este tipo debe de ser una conducta tan común como hacer justo lo contrario y pensar que el mundo es un lugar inseguro y los demás potenciales agresores. Es más, en lo personal he hablado de este tema con supervivientes de abuso sexual en la infancia que se han sentido identificados al comentarles mi tendencia a ver mayormente la parte bondadosa de la gente y obviar el resto, pero también con otros que me han explicado que ellos están en la otra cara de la moneda y suelen temer que el resto del mundo se aproveche de ellos.

De hecho, si analizamos las secuelas más comunes que padecemos los supervivientes de abuso (https://towandaninaquesobrevivio.blogspot.com/2018/08/secuelas-parte-1-en-forogam-el-foro.html), veremos que una de ellas es la confianza indescriminada o, en el otro extremo del polo, el miedo a confiar en los demás. Son dos caras de la misma secuela. Y creo que yo he pasado muchos años situada en la primera, como un refugio o una burbuja que me protegía del miedo, y me he resistido a salir de ella hasta que ha sido demasiado evidente para mí que ese mecanismo de defensa, en la actualidad, no me servía de nada.

De alguna forma creo que he vivido entre un temor muy soterrado a caer en relaciones insanas, y el convencimiento de que las personas de las que yo me encariñaba eran encantadoras e incapaces de hacer daño.  Y ese optimismo se ha mantenido a lo largo de los años, incluso después de llevarme desengaños personales.

Es curioso como la mente puede aferrarse a creencias que, cuando eres consciente de ellas, comprendes que estaban totalmente equivocadas, y sin embargo, ¿Qué habríamos hecho sin ellas en determinadas etapas límite de nuestra vida? ¿Qué habría hecho yo durante mi infancia si, en lugar de autoconvencerme de que la inmensa mayoría de personas son altruistas, llanas y sin dobleces, hubiera crecido pensando que estaba en peligro de volver a ser agredida de forma brutal? ¿Y cómo habría podido convivir con el terror en mi etapa adolescente y adulta si no hubiera encontrado la manera de adaptar ese mecanismo de defensa para continuar pensando que, a pesar de los hechos, yo podía sentirme a salvo?

Seguramente me habría tenido que enfrentar a una realidad más agria de la que yo creía habitar, a una edad en la que mis secuelas de superviviente ASI no me habrían permitido salir más o menos ilesa de la experiencia. Estoy segura de que yo, que entonces no tenía tanta seguridad en mis recursos como ahora (y eso que aún me queda camino por hacer), habría sentido que se abría el suelo bajo mis pies y me tragaba.

En resumen, lo cierto es que tanto personas ASI como no ASI tenemos mecanismos de defensa causados por el miedo de nuestra mente a caer -o recaer- en peligros reales o imaginarios del pasado. Y algunos de ellos interfieren en las relaciones que establecemos con nuestro entorno, ya sea porque llevan a la persona a confiar indiscriminadamente en sus seres queridos de forma que acaba cayendo en aquello que quería evitar, como porque le impide entregar su confianza a nadie y la lleva a vivir en un continuo estado de alerta, como porque provoca no solo que agreda psicológicamente con actitudes nocivas a las personas con quienes se relaciona, sino que se crea con derecho a hacerlo. 

Cierto, personas así existen, para su propia desgracia, y en el fondo siempre he tenido pánico a encontrarlas. Pero al final la verdad es que me he cruzado con ellas y he sobrevivido más o menos bien a la situación. Y me ha tocado hacerme cargo de mí misma, aprender a detectar cuando algo no iba bien, poner límites, distancia, sanar lo que hubiera que sanar y aprender a no quedarme en espacios, personas o situaciones que en lugar de enriquecerme me empequeñecen. 

En eso estoy, educando a mi mente para que entienda que no soy de cristal, sino que puedo mantener el tipo ante el desencanto, y que a pesar de los daños, como siempre, voy a sobrevivir. Y que ese es el motivo por el que ya no necesito los mecanismos de defensa de mi infancia. 

domingo, 22 de diciembre de 2019

FRÁGILES


La primera vez que conté a alguien que había padecido abusos en la infancia yo tenía 20 años, y la persona que me escuchaba era una de mis mejores amigas. Nos conocíamos desde niñas, habíamos ido juntas al instituto, y además había sufrido maltrato intrafamiliar, por lo que mi confianza en ella estaba garantizada. Lo cierto es que no me decepcionó, pues fue sensible y empática conmigo, pero al despedirme de ella tuve la certeza de que no se lo contaría nunca a nadie más, excepto tal vez a algún terapeuta o a mis padres.

¿El motivo? Entre otras cosas, me daba miedo quedar estigmatizada a ojos de los demás. Que a partir de entonces para esas personas yo llevara siempre un cartel en la frente en el que, luciendo letras escarlatas, se leyera “VÍCTIMA”, con todo lo que eso podía conllevar, que no era otra cosa, básicamente, que el peligro de que me considerasen débil, ya fuera para volver a abusar de mí o para tenerme lástima.

Pero no esa lástima que nace de la compasión y de las ganas de ayudar, sino otro tipo de sentimiento que empequeñece a quien lo inspira, porque consiste en mirarle como si fuera inferior, menos capaz de salir adelante y de sobrevivir, o de solucionar sus propios problemas. Siempre me ha provocado mucho rechazo la idea de generar esa visión en otras personas, así que he procurado mostrarme fuerte, principalmente ante quienes conocían hechos de mi vida como el acoso escolar, lo que explico en la entrada "Los supervivientes y el sexo II", o los abusos en la infancia. Tenía miedo de que pensaran que todo me pasaba a mí, y que, por tanto, eso significaba que yo era o débil o mentirosa (porque creyeran que me lo estaba inventando).

Hace poco, después de compartir mi última entrada (“El violador no eres tú”) con una amiga también superviviente, ésta opinó que me había olvidado de una de las razones por las que los ASI no hablamos: el temor al estigma social, a ser considerados víctimas. En su caso, sufrió malos tratos y abusos sexuales intrafamiliares, y violencia de género siendo ya adulta, cuando una de sus parejas la agredió psicológicamente y, tras romper ella la relación, también físicamente, de modo que mi amiga acabó en el hospital. Hoy, ya recuperada de todos los tipos de violencia que ha vivido, me decía que para ella no es un problema explicar en el trabajo que su ex pareja la maltrató –cuando pasó tuvo que faltar a la oficina por las lesiones, y al regresar contó la verdad, así que algunos de sus superiores y compañeros lo saben-, pero que por contra no ha compartido con ellos que también vivió abusos sexuales y violencia doméstica siendo niña, porque le da miedo que piensen que si la han agredido tantas veces debe de ser porque su temperamento es el de una persona débil, y que por tanto no sería capaz de asumir responsabilidades laborales (en su trabajo muchas veces tiene que tomarlas). Me dijo que, para ella, es una forma de protegerse.

Esta conversación me hizo pensar en aquella época en que yo misma me protegía por miedo a recibir la etiqueta de víctima, un temor que todavía me asalta hoy día, precisamente porque he roto la promesa que me hice a mis 20 años, pues al convertirme en activista contra el ASI he acabado narrando mi propia historia. Sin embargo, si lo pensamos bien, ese miedo tendría que carecer de sentido: ¿Por qué a una persona debería asustarle que le coloquen la etiqueta de “víctima”, cuando la única realmente vergonzosa y denigrante tendría que ser la de “agresor”?

Creo que se debe al concepto de víctima que tenemos asumido socialmente. Como decía mi amiga, relacionamos a una persona agredida con alguien vulnerable, que no puede defenderse, que no sabe solucionar sola los conflictos que se le presentan, el soldado que siempre cae primero en batalla, y el cordero perfecto para todos los lobos. Alguien, en definitiva, que no está preparado para sobrevivir, porque su debilidad se lo impide. Así me he sentido yo durante años: como esos cachorros que, en algunas especies, son abandonados por sus madres porque nacen enfermos y sin posibilidades de salir adelante.

¿Es eso cierto? ¿Así somos quienes una vez sufrimos abusos o maltratos? Yo más bien diría que, en realidad, así podríamos sentirnos todas las personas en un momento determinado de nuestra vida si se dieran las circunstancias adecuadas. No creo que haya un solo ser humano en el mundo que esté libre de convertirse en víctima de violencia, ni siquiera quienes la ejercen. Y es que una de las características de este tipo de agresiones es que rara vez se ve venir, primero porque los agresores acostumbran a disimular muy bien su condición, segundo porque normalmente nadie crece haciendo cursillos sobre cómo evitar ser víctima de maltrato, y tercero porque siempre habrá personas en el mundo que tengan más poder, fuerza, capacidad de persuasión, etc. que nosotros y que puedan utilizar esas herramientas para someternos. Nadie está libre de convertirse en el saco de boxeo de un tercero, y eso no significa que prácticamente toda la humanidad sea débil o inútil.

Cada ser humano tiene unos recursos para defenderse ante las adversidades, poner límites e intentar evitar que lo dañen, pero es absolutamente imposible, por muy válidos que sean esos mecanismos, que le sirvan para todas y cada una de las situaciones que enfrente a lo largo de su vida. Por eso, a medida que crecemos, vamos modificando algunas de nuestras herramientas psicológicas e incorporando algunas nuevas. Y es también esa la razón de que, en el camino y dependiendo del contexto, podamos acabar viviendo situaciones que nos victimicen.

No obstante, hay que tener en cuenta que para muchas personas que ya han sufrido violencia en la infancia/adolescencia (sexual, física, psicológica o del tipo que sea) esos recursos de los que hablábamos para protegerse no sólo no se desarrollan, sino que quedan bloqueados. Es lo que expliqué hace varios meses en la entrada “Indefensión aprendida: cuando el sufrimiento se repite (https://towandaninaquesobrevivio.blogspot.com/2019/03/indefension-aprendida-cuando-el.html): una agresión traumática a una edad temprano puede provocar por un lado –sobre todo cuando no hay apoyo psicológico o éste no es adecuado- que esa persona normalice la violencia vivida, y por el otro que adquiera un concepto de sí misma muy pobre: el de un ser vulnerable que no puede defenderse. Y lo mismo puede ocurrirle a alguien que ha vivido ese tipo de violencia estando ya en la edad adulta, porque cuando te sientes como una presa entre las garras de un depredador, es fácil que acabes viéndote como la gacela más frágil de la selva. Es esa la razón de que, en muchas ocasiones, una misma persona acabe teniendo a varios maltratadores a lo largo de su vida.

En mi opinión, aunque ser víctima de violencia no es algo agradable bajo ninguna circunstancia, no deja de ser una condición más por la que puede pasar el ser humano, y que en absoluto lo degrada. Tampoco es agradable estar enfermo, pero no acostumbramos a juzgar como débiles, poco resolutivas o inestables a las personas que padecen alguna enfermedad, ¿No es cierto? Y aunque hay varias diferencias entre una situación y la otra, también existen similitudes entre alguien enfermo y alguien víctima de violencia: en ninguno de los dos casos esa persona ha deseado o provocado sus circunstancias, en ambas situaciones puede llegar un punto en que quien lo sufre vea sus defensas tan mermadas que no encuentre salida o quiera tirar la toalla, y finalmente, necesita apoyo y comprensión. Por no hablar –aunque esa sea una característica más bien social y no tanto individual- de que la mayoría de personas no saben cómo acompañar ni a los enfermos graves ni a las víctimas de situaciones abusivas.

Es cierto que aquellas problemáticas de tipo psicológico siempre son más complicadas de aceptar en nuestra sociedad (y a veces para quien las padece) que las físicas. Salvando las distancias, todavía muchos siguen exigiendo a la gente con depresión que se levante de la cama y haga algo por “animarse”, o a quienes padecen ansiedad que dejen de tomarse las cosas tan a pecho y aprendan a disfrutar de la vida. Algo muy similar ocurre cuando una persona se encuentra atrapada en un ciclo de violencia del que no sabe cómo salir: no faltará quien la llame tonta, masoca o débil, quien asegure que “yo en su lugar ya habría actuado” o “si no hace nada por evitarlo que no se queje, está ahí porque quiere”. Pero la realidad es que, como decía Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mis circunstancias”, y nadie sabe qué miedos tiene esa persona o cuán bloqueada se encuentra para no hallar la manera de salir de donde está.

Pero es que además, esas afirmaciones no son ciertas: la mayor parte de quien las dice, en el contexto adecuado, haría algo muy parecido si se viera dentro de un ciclo de violencia: batallar con ellas mismas mientras intentan buscar la forma de liberarse de su yugo, tras varios intentos fallidos. Lo creo así porque estoy completamente segura de quienes hemos sido víctimas no somos personas más pasivas, pusilánimes o blandengues que la media de la población. He conocido a demasiadas de ellas que, con el trato cotidiano, me han demostrado que pueden ser tan resolutivas y perseverantes como las que más. Y a mi juicio es incoherente que, cuando hablamos de agresores y agredidos, pongamos a los primeros la etiqueta de fuertes (aunque les añadamos también otras negativas) y a los segundos, de débiles. Esa dicotomía me parece peligrosa y creo que es una de las razones por la que a tantas víctimas les da repelús reconocerse como tal.

sábado, 14 de diciembre de 2019

EL VIOLADOR NO ERES TÚ




Como tantas otras personas, estos días he visto el vídeo de la performance chilena titulada “El violador eres tú”, donde un grupo de mujeres baila y canta en denuncia a las agresiones sexuales sufridas por el género femenino, de las que tantas veces se nos hace responsables. Me ha parecido una iniciativa muy valiente, aunque he de decir que me gustaría ser testigo de una parecida e igual de multitudinaria protagonizada por supervivientes de abuso sexual en la infancia.

Sí, ya sé que podría promoverla yo misma, pero lo cierto es que tengo familiares que no conocen mi condición de ex víctima, por lo que todavía vigilo –aunque menos que antes- a la hora de dar la cara. Sí, podrían llevar a cabo dicho proyecto otras personas supervivientes, pero se encuentran en la misma situación que yo: no quieren que se sepa, ya sea por miedo a que nuestras personas de confianza nos abandonen cuando lo sepan –no olvidemos que muchos agresores, durante los abusos, usaban esa amenaza como estrategia-, a que ya no nos vuelvan a tratar igual, a que piensen que tenemos parte de culpa, a que justifiquen a nuestros agresores, a que no nos apoyen, a que se entere más gente y al final quedemos “expuestos”, o a que la persona a quien se lo contamos sufra lo indecible tras nuestra revelación. 

Así que hoy, en esta entrada, me gustaría desmontar una por una nuestras reticencias, tanto las que nos afectan socialmente como aquellas que nos limitan sólo a los propios supervivientes. Esta vez, por tanto, me dirigiré de forma especial a éstos últimos, ya que somos los principales afectados por el silencio que rodea los ASI. No obstante, la entrada es  para (y de hecho creo que debería leerla) todo el mundo. 

¿Por qué? Bueno, alguna vez he comentado en este mismo espacio que hay muchas personas -demasiadas- que cuando oyen hablar de estadísticas sobre ASI les cuesta horrores aceptar que tantos niños puedan estar sufriendo agresiones sexuales. Entiendo que en algunas ocasiones no quieren aceptar la realidad porque les abruma, y que en ese caso el 90% de lo que yo pueda decirles caerá en saco roto, pero cuando me encuentro personalmente con un caso así suelo proponer a la persona lo siguiente: que se informe a fondo sobre ASI y le cuente a sus seres queridos que estás investigando el tema, que les enumeres algunas de las secuelas más comunes en los supervivientes y les hable del miedo que ha descubierto que tienen las víctimas a hablar. Porque si muestras esa actitud, estoy segura de que alguna de esas amistades o relaciones familiares que conoces desde hace tiempo y de la que “nunca lo habrías pensado” te contará que ella fue víctima de abusos en la infancia, o que lo fue alguien muy cercano. Y probablemente detrás suyo vendrán más. Lo he comprobado en mi propio caso, y también en el de todas las personas que han hecho la prueba y me lo han contado.

Y es que para los supervivientes, a menos que estemos bastante confiados en que nuestro interlocutor nos va a creer –y a veces ni por esas- nos resulta muy difícil contar lo que nos pasó. Es complejo, porque a la mayoría de seres humanos no les gusta sentirse juzgados (menos por quienes aman), pero sin embargo ese es un miedo muy común en los ASI.

Y casi todo viene de la culpa. No hace mucho, una mujer con la que unas amigas y yo debatíamos sobre este tema nos dijo “Estamos haciendo algo muy mal como sociedad para que tantas víctimas de abuso sexual infantil se sientan culpables”. Es cierto, aunque he de reconocer que ahora al menos se empieza a hablar más del tema, pero aún demasiadas voces se preguntan por qué no lo dijimos al momento, por qué hemos tardado tanto en hablar, todavía se siguen cuestionando o malentendiendo nuestras secuelas, y aún se pone en duda esta realidad. Por ese motivo, entre otras cosas, me decidí en su día a abrir el blog que estás leyendo.

Los supervivientes de abuso sexual infantil necesitamos integrar que no fue nuestra culpa. Puede ser relativamente sencillo para nosotros decirlo e incluso argumentar por qué no somos culpables, pero también tenemos que sentirlo. Yo puedo repetir una y cien veces que el cielo es azul, pero si lo veo amarillo, para mí seguirá siendo de ese color por mucho que sepa que tiene otra tonalidad. Pues algo muy parecido nos ocurre a nosotros, y esa sí que es una tarea complicada. Porque llevamos demasiados años arrastrando con ese peso y aún tenemos miedo de sus consecuencias si lo contamos.

Una de las características de la infancia es que durante esa etapa somos muy crédulos e inocentes (pensad si no, ahora que se acercan las fiestas navideñas, como los más pequeños están seguros de que cada 6 de enero tres ancianos inmortales con sus tres camellos viajan por todo el mundo -¡En una sola noche!- y entran en las casas sin que los enormes animales destrocen nada). Por otra parte, los adultos que nos cuidaban eran mucho mayores, habían vivido al menos 20 o 30 años más que nosotros, y por lo tanto tenían herramientas de sobras para manipularnos. También para hacernos creer, a ti y a mí, que si pasó fue porque lo permitimos e incluso participamos. Por eso necesitamos destruir todo lo que aprendimos en la infancia, para volver a aprenderlo de una forma que no destruya nuestro autoconcepto. 

Debemos entender que nosotros no haremos daño a nadie con nuestra revelación, que en todo caso el dolor que pueda sentir la persona a quien le explicamos nuestro pasado abusivo es de nuestro agresor. Y que igual que un enfermo de cáncer -por ejemplo- tiene derecho a contarlo y a pedir apoyo en su entorno, los supervivientes también.

Debemos integrar que somos dignos de pedir ayuda y a recibirla, porque nuestros sentimientos importan, aunque hayamos crecido con la idea de que no era así. El trauma que tenemos nos duele y afecta igual que le pasa al resto de personas con los suyos. Si nuestros seres queridos merecen recibir apoyo cuando están tristes, nosotros también.

Necesitamos asumir que si en algún momento dijimos “sí” o acudimos a la llamada de nuestros abusadores, si después del ASI el agresor nos compró un helado que nosotros nos comimos, o nos regaló un muñeco con el que jugamos durante años, no fue porque consintiéramos o porque estemos manchados, sino porque nos manipularon. Jugaron con nuestros miedos infantiles, y se aprovecharon de ellos para saciar sus bajos instintos. 

Tenemos que integrar que nosotros fuimos como cualquier otro niño o niña de los que ahora tenemos a nuestro alrededor: frágiles, inocentes, moldeables, sin maldad. Y que por tanto en la actualidad no somos débiles, ni malos, ni estamos sucios. Contrariamente, fueron nuestros abusadores quienes, además de llevar a cabo las agresiones, cometieron la vileza de hacerle creer a un niño o niña que abusar de su cuerpo era un juego o un acto deseado por ambas partes. 

Ya sé que será muy difícil de asumir para ti si fuiste víctima de abusos. Yo también tengo miedo, todavía lo tengo. Y sé que el hecho de que te trataran como a un pedazo de carne sin voluntad cuando estabas aprendiendo cómo funcionaba el mundo te hace sentir justamente un pedazo de carne sin derecho a tener voluntad. Y que como hicieron algo sucio contigo has crecido con la idea de que eres tú quien está manchada o manchado. Lo comprendo muy bien, pero el delito no lo cometimos nosotros. El violador no eres tú, ni soy yo. La culpa no fue tuya, ni por haber callado, ni por no haber comprendido lo que estaba ocurriendo, ni por haber sido objeto de una manipulación tan atroz. Repito: el criminal no fuiste tú. 

Comprendo que asumirlo no será un proceso corto para ti, ni libre de dolor, agotamiento o sentimientos de fracaso, ya que de lo contrario no sería un proceso de sanación. Pero creo que el día que los supervivientes como colectivo empecemos a ganar poder sobre nosotros mismos, obtendremos la fuerza para ir saliendo a la calle a gritar que somos dignos del mismo respeto y cariño que cualquier otro ser humano, y que la culpa no fue nuestra. Incluso, si nos apetece, tal vez podamos decírselo a los agresores a la cara. 

Y sacarnos ese lastre de encima para devolvérselo a quien corresponde (aunque sea mentalmente) significará romper gran parte de las cadenas que, cuando aún no teníamos capacidad para defendernos, nos colocaron sobre la piel con tanta fuerza que a día de hoy no distinguimos donde acaban los eslabones y donde empieza nuestra carne.